Innovando la participación ciudadana: los laboratorios públicos (I Parte)

 

Quizás tenemos asociado el término “cívico” a los actos en conmemoración de la independencia patria o a una materia que alguna vez llevamos en la educación secundaria. También es posible que esa palabra no nos evoque cosas positivas y que, más bien, en algunos casos establece una barrera ante nosotros. Sin embargo, la primera acepción del Diccionario de la Real Academia, indica que “cívico” es sinónimo de ciudadano (perteneciente a la ciudad o a los ciudadanos).

También suele suceder que cuando pensamos en un “laboratorio”, imaginamos un ambiente frío y controlado, lleno de instrumentos desconocidos y en el cual trabajan personas altamente especializadas.

Pero los laboratorios ciudadanos (o cívicos), son todo lo contrario. Se trata de espacios para la innovación y la participación, para idear, crear y desarrollar propuestas para la solución de problemáticas que nos afectan en lo cotidiano, reuniendo distintos saberes y en muchos casos, acompañado de desarrollos tecnológicos. En ellos, las personas con distintos conocimientos y diferentes grados de especialización se reúnen para desarrollar proyectos juntos y explorar mediante formas de experimentación y aprendizaje colaborativo que han surgido de las redes digitales, diversas formas para impulsar procesos de innovación ciudadana que propicien la transformación social y contribuyan al desarrollo social, cultural y económico de los países, ciudades o comunidades.

Se inspiran en acciones que nacen en el seno de organizaciones de la sociedad civil y grupos como las comunidades de software libre y conocimiento abierto y son mecanismos poderosos que vienen a afrontar el reto que implica atender a una nueva ciudadanía proactiva, que articula sus intereses en red y demuestra una participación que no gusta de los canales tradicionales y atiende a causas puntuales; una ciudadanía integrada en gran parte por los llamados millennials e influenciada por el avance en el uso de tecnologías de información y comunicación.

Actualmente existen muchas experiencias de este tipo, sin embargo, hay algunos casos que sobresalen como referentes, tal como el caso de Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), que en 1985 desarrolló el primer laboratorio ciudadano llamado MIT Media Lab, un espacio con fuerte énfasis en la generación de soluciones innovadoras a la calidad de vida a través de la tecnología y que se convirtió en referencia de futuras iniciativas.

En Iberoamérica se pueden mencionar el MediaLabPrado en Madrid, que se caracteriza por ser un laboratorio ciudadano de producción, investigación y difusión de proyectos culturales que explora las nuevas formas de experimentación y aprendizaje colaborativo que han surgido de las redes digitales. También en España, La Colaboradora, en Zaragoza; el CitiLab y el BarcelonaLab, ambos en Barcelona. Otros ejemplos en nuestra región son el ZapopanLab en México, SociaLab en Chile, Nuvem en Brasil o el Laboratorio para la Ciudad, también en México.

Se trata de nuevos contextos de producción abiertos, colaborativos y accesibles que amplían, más allá de la cantidad, la diversidad de las personas que participan, con relación a mecanismos tradicionales como las asociaciones de desarrollo, comités de vecinos o de usuarios.

Existen diferentes formas de laboratorios: medialabs, hacklabs, maker spaces, living labs, etc. Pero todos se inspiran y aprovechan las posibilidades que ofrecen las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), en especial Internet, para generar espacios de encuentro, experimentación y acción colectiva.

A diferencia de espacios públicos tradicionales, como la biblioteca, el museo, el centro cultural, el salón comunal, los centros inteligentes u otros, los laboratorios ciudadanos no tienen como función principal dar acceso y difundir iniciativas, sino que se centran en facilitar la participación de las personas usuarias. Es decir, son espacios donde la ciudadanía se involucra en procesos abiertos que les permiten aportar desde la innovación. También se diferencias de los centros de investigación oficiales, tales como universidades o grupos consultores, ya que no son lugares de uso exclusivo para los expertos, sino abiertos a la participación de cualquier ciudadano o ciudadana. Y a diferencia de las universidades y otros centros educativos, no tienen una orientación académica, pretendiendo solamente reunir a personas con distintas capacidades y conocimientos, que acumulan aprendizajes desde su experiencia de vida.

Los laboratorios ciudadanos son herederos de tradiciones muy diversas como las bibliotecas públicas, museos, archivos públicos, centros cívicos, centros culturales, tech shops, escuelas, universidades, science shops, huertos urbanos, comunidades de software libre y todos aquellos proyectos que han pretendido hacer del conocimiento un asunto colectivo y del aprendizaje algo compartido. Son una expresión más de la inteligencia colectiva.

¿Cómo funcionan los laboratorios cívicos?

Los programas y actividades de los laboratorios, generalmente se estructuran en torno a líneas de trabajo o ejes temáticos. Suelen girar en torno a la cultura del prototipado, el arte y las nuevas tecnologías, la cultura del “hágalo usted mismo” y “hágalo con otros”, así como las comunidades de aprendizaje.  En algunos proyectos, lo artístico aparece con más presencia, en otros lo tecnológico o lo científico; unos tienen carácter educativo y otros más social, pero todos se caracterizan por incluir y requerir distintos saberes para su desarrollo.

No requieren de un espacio físico propio. El espacio del laboratorio debe ser atendido por mediadores y cada grupo configura un experimento de convivencia y auto-organización en su plan de desarrollo y en la manera que se discuten, se incorporan y se acreditan las contribuciones de los distintos colaboradores. El laboratorio ciudadano debe generar protocolos para la participación, un modelo que permita que cualquiera pueda incorporarse a los procesos de experimentación, sin importar su ámbito ni su grado de especialización.

¿Qué metodologías se utilizan en los laboratorios cívicos?

Las tecnologías de la información no solo ofrecen herramientas que facilitan la organización, la gestión, la documentación y la difusión de proyectos, sino que también han generado una variedad de prácticas como son las nuevas metodologías para la mediación de los encuentros.  En los últimos años han surgido una gran cantidad de nuevas maneras de organizar encuentros, actividades, debates y talleres en los que no hay un programa establecido sino que son los propios participantes quienes deciden activamente las actividades que los integrarán, haciendo uso en algunos casos de una comunicación y organización previa mediante plataformas online  como wikis, listas de correo o sitios de redes sociales.

A estas nuevas metodologías se les conoce como tecnologías de los espacios abiertos y se aplican en la organización de eventos de distinta naturaleza como las “desconferencias”2, BarCamps3 o hack meetings4.

Algunas metodologías se presentan como talleres que están orientados a la producción de proyectos que se llevan a cabo por los propios participantes en el encuentro:  startup weekends5, game jams6, open labs7, service jams8, hackatones, etc.

En América Latina, la Fundación Ciudadano Inteligente (Chile), por ejemplo, ha desarrollado todo un programa metodológico y de mediación para laboratorios cívicos, que ha sido aplicada en diferentes contextos y temáticas con éxito. También el Equipo de Innovación Ciudadana de la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB), tiene todo un programa en este sentido.

Por la naturaleza de producción abierta y colaborativa, los laboratorios ciudadanos demandan también nuevas prácticas de mediación que permitan que realmente sean espacios accesibles e inclusivos. La hospitalidad, la escucha y la conexión entre posibles participantes, son esenciales para el buen funcionamiento.

Otro elemento importante es la convocatoria abierta. Si bien, el desarrollo de un laboratorio ciudadano requiere el establecimiento de contactos con organizaciones, empresas, profesionales, investigadores, instituciones y otros actores vinculados a la temática a tratar, la convocatoria final debe ser abierta y ampliamente difundida, a fin de garantizar la inclusión y la participación diversa. La meta final en este aspecto, debe ser reunir personas y proyectos con distintos perfiles y procedencias, áreas de conocimiento, niveles de especialización, intereses, sectores, administraciones públicas y áreas.

De todo esto se deriva la importancia de contar en el equipo que desarrolle los laboratorios, con mediadores que ayuden a interconectar personas y proyectos.

En una segunda entrega me referiré a la importancia de este mecanismo para impulsar procesos de colaboración, en el marco del Gobierno Abierto y qué se está haciendo en Costa Rica.

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